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HISTORIA DE LA MINERIA EN PERU

La historia de la minería aurífera en el Perú no sólo comenzó antes de que los españoles llegaran, nació mucho antes de que los incas extendieran su imperio por los andes. En Chavín, 500 años aC, los sacerdotes, mineros y metalurgistas ya producían unas figurillas de oro laminado, fundido, aleado con plata o con cobre y soldado.
El antiguo peruano mostró el mismo genio y destreza para tratar el oro. Echó al viento el polvo fino en que se hallaba, dejó caer corrientes de agua por las laderas para arrastrarlo, separarlo de la tierra, lo sacó de trincheras cavadas en zonas mineralizadas o de las arenas de los ríos. Algunos socavones se han encontrado. Son pocos y de factura tosca y no muy profundos. No podría ser de otro modo, ya que no tenían herramientas de hierro, ni pólvora.
Con mayor capacidad organizativa los incas lograron aumentar mucho la extracción del oro, sobre todo el aluvional, en yacimientos como los de Carabaya. Y, naturalmente, hicieron suyo el oro de las provincias que iban asimilando. El resplandor legendario del oro de Atahualpa, se desvaneció al poco tiempo, cuando los españoles descubrieron las ricas minas de plata de Potosí. Al respecto, es interesante señalar que el profesor John R. Fisher señala que al crearse en 1776 el virreinato de la plata, la famosa mina de Potosí pasó a formar parte de él. Eso hizo que el Virreinato del Perú volcara su atención sobre las minas que permanecieron en su territorio y que son las que aparecen en el cuadro 1.
Hubiera incluido en esta lista, la zona “0”, como se llamaba entonces el Partido de Cailloma, pues éste también fue un importante productor de plata.
Hago esta referencia a la minería de plata porque en mi opinión, los esfuerzos que se hicieron para reemplazar la plata de Potosí, la visita de Humboldt al Perú y la misión de los metalurgistas alemanes encabezadas por el barón Nordenflitch, la labor de Rivero y Urtaris, y la obra seminal de Raimondi despertaron en el país un nuevo interés por la minería que permitiría en el futuro reemplazar ampliamente la “pérdida” de Potosí. Este nuevo interés sin duda incluyó a la minería aurífera y despertó la conciencia de que se necesitaban nuevas tecnologías para llevarla a su plenitud.
Siguiendo a Mario Samamé, señalaré que el primer periodo (1821-1883) de la época Republicana se caracteriza por la extracción del guano y del salitre. La minería en general y la del oro en particular tuvieron un rol secundario.
En el segundo periodo, que podemos llamar “de la recuperación”, ocurrió algo de gran importancia. El presidente Nicolás de Piérola, tomando una decisión audaz, ligó el sistema monetario peruano al inglés, que era el más sólido y prestigiado del mundo. Para eso se acuñaron monedas de oro de iguales dimensiones, peso, ley y valor que la libra esterlina. Esta medida estabilizó la economía nacional y, al mismo tiempo, despertó el interés por el oro. No sólo se extraía éste de las riberas de los ríos, sino que se reinicia la explotación de filones por medio de socavones. De esa época es el descubrimiento de las minas de Santo Domingo y Monte Bello, en Puno. Se explora en Cotabambas, Cusco y Apurímac. La exploración se extiende a Caravelí, en Arequipa; Nasca en Ica, y Pataz en La Libertad.
Luego de las medidas establecidas por Piérola y ya durante el gobierno de Eduardo López de Romaña se dicta el Código de Minería de 1900, que puso orden en la legislación y representó un laudable esfuerzo por promover la minería en general y la aurífera en particular.
Todos los esfuerzos por contar con una moneda estable basada en el oro y una legislación minera diseñada para apoyar la minería no tuvieron el éxito esperado. El valor de nuestras exportaciones agrícolas y producción aurífera no eran suficientes para asegurar un valor estable a nuestra moneda. Esta situación se agravó en el primer gobierno de Augusto B. Leguía (1908-1912) cuando “se acentuó el ritmo del gasto sin la debida contrapartida impositiva” (ver El Banco Central: su historia y la economía del Perú, pág. 51).

Finalmente, se autorizó a algunos bancos de la República para emitir cheques circulares al portador con el respaldo de un fondo de garantía que debía tener un mínimo de 35% de oro efectivo y el 65% restante en bienes y valores. Es decir, se mantendría el patrón oro, pero ya no circularían las monedas acuñadas por orden de Piérola.
Otro momento de importancia histórica fue el 24 de octubre de 1929, cuando se derrumbó la Bolsa de Valores de Nueva York y el valor de las acciones, bonos y demás títulos se volatizó produciendo la ruina de los inversionistas. Este hecho marcó el comienzo de una depresión económica de la cual comenzaríamos a salir recién en 1933.
Para sacar a Estados Unidos de esta situación de crisis, el presidente de entonces de ese país, Franklin D. Rooselvelt, estableció la libre convertibilidad del oro a razón de US$35 por onza. En realidad, esta decisión significó una devaluación del dólar de US$20.67/onza a US$35/onza, un aumento de más de 65%. Esto trajo un gran interés en la minería aurífera.
Raimondi recorrió todo el Perú e hizo el estudio más detallado y minucioso posible, departamento por departamento de todas las minas de oro conocidas en ese tiempo. De él se puede decir que iluminó la senda del desarrollo minero del Perú de cara al siglo XX. Es entonces cuando la Escuela de Ingenieros Civiles y de Minas, que se había fundado en 1876 bajo la dirección del ingeniero de origen polaco Eduardo Juan de Habich, comienza a dar sus frutos.
Pese al desventurado conflicto bélico en que el país se había visto envuelto, preclaros hombres como Antonio Raimondi y el grupo de colaboradores de Habich siguieron trabajando en el levantamiento de mapas y en el estudio minucioso del territorio nacional. En 1902, estos profesionales se agruparon en el Cuerpo de Ingenieros de Minas. De ellos, recordaré –para señalar solamente a algunos– a José J. Bravo, José Balta, Fermín Málaga Santolaya, Enrique Dueñas.
El año 1950 marca una nueva etapa en la historia de la minería peruana, gracias al Código de Minería promulgado con el general Manuel A. Odría como jefe de Estado y director general de Minería, Mario Samamé Boggio. Esta fue una norma promotora y al amparo de ella se inició en el país la época de la gran minería cuando se puso en marcha Toquepala en 1960. Por entonces, empezamos a vivir una época de notable crecimiento minero, pero éste se daba principalmente en los minerales básicos y la plata, cuyos precios subían presionados por las demandas de la industria.
La minería de oro, sin embargo, no se desarrolló, pese a las ventajas del nuevo Código de Minería. Esto se debió a que el precio internacional después de Bretón Woods se mantenía congelado en US$35 la onza, mientras que el precio de los insumos subía. En 1968, los precios de los metales habían caído y las medidas promotoras del Código de 1950 se habían visto considerablemente recortadas.
En 1969 se produce el golpe de estado del general Juan Velasco Alvarado y se establece en el país un régimen estatista que expropia a todas las mineras extranjeras con excepción de Southern Peru Copper Corporation, propietaria de la mina de Toquepala que tenía el yacimiento de Cuajote con un compromiso de inversión de US$800 millones.
Esta situación estancó el crecimiento de la minería peruana. Las empresas mineras extranjeras habían sido expropiadas, y las nacionales temían seguir la misma suerte. En otras palabras, parecía que la esencia de la filosofía del gobierno estaba dirigida contra la empresa privada en general.
Habiendo dicho esto, debe dejarse constancia que durante el gobierno del general Velasco Alvarado se construyeron las refinerías de zinc de Cajamarquilla y de cobre en Ilo, se pusieron en marcha las minas de Cerro Verde y Tintaya, y en general se manejaron las empresas mineras con alguna prudencia. Los ingenieros peruanos que trabajaban en Centromin, Minero Perú y las refinerías hacían un buen trabajo.

El erario nacional, sin embargo, siempre corto de recursos para cubrir necesidades urgentes como educación, salud pública, seguridad nacional e infraestructura succionaba las utilidades de estas empresas impidiéndoles reinvertir en mejoras fundamentales para su supervivencia y crecimiento. Así, estas empresas se tornaron en deficitarias y se fue perdiendo fe en las inversiones mineras.
En el gobierno de Alberto Fujimori las empresas mineras fueron nuevamente privatizadas. Puede discutirse sobre el valor mismo de las transacciones, pero lo concreto es que estas empresas operan ahora con considerable éxito, para beneficio del país.
Mientras en el Perú se hostilizaba a la minería en 1971, el presidente Richard Nixon decretó la inconvertibilidad del oro y se inició una época especulativa que llevó el precio de este metal a US$850/onza en 1980. Esto coincidió con el gobierno del presidente Jimmy Carter, caracterizado por una fuerte inflación.
Se inicia entonces este último periodo de crecimiento de la producción aurífera tanto en el mundo como en el Perú. En nuestro país se reabren las minas de Pataz y se inicia la búsqueda de yacimientos auríferos. Lucio Aguilar Condemarín jefatura un grupo de técnicos y abogados que redacta la Ley de Promoción Aurífera promulgada en mayo de 1978. Se da inicio así a una nueva era en la minería aurífera peruana.
En este contexto tuve la suerte de participar, aunque en forma indirecta en el descubrimiento de Yanacocha. Permítanme narrar brevemente esta historia.

En 1983 vino a Lima Aubrey Paverd, geólogo de Newmont Mining Co., y estuvimos conversando sobre posibles proyectos mineros. Luego de que algunos proyectos presentados por Buenaventura fueran rechazados, sucedió que el señor Boulanger, gerente del BRGM para Sud América y Paverd coincidieron en mi oficina. Luego de hablar de generalidades, con Boulanger propusimos al representante de Newmont que visitara Yanacocha y revisara la información existente.
Un par de meses después tuve una llamada telefónica desde Nueva York donde estaban reunidos Boulanger y Paverd. Me comunicaron que Newmont quería seguir explorando Yanacocha, pero que al no ponerse de acuerdo sobre el porcentaje habían resuelto invitar a Buenaventura como “tercer partner” con un 20% para participar en esta aventura que habría de durar cerca de una década.
Luego de haber pasado innumerables angustias y sinsabores, y de haber invertido cerca de US$5 millones en exploraciones se decidió finalmente poner en producción el yacimiento. Esto fue en 1992 y en agosto del siguiente año se produjo la primera barra de doré.
La importancia del descubrimiento de oro en Yanacocha es en sí muy grande por el volumen de su producción y por las nuevas tecnologías usadas, pero adicionalmente fue el detonante para atraer a otros inversionistas extranjeros y nacionales que habían dejado de invertir en el Perú desde el gobierno de Velasco Alvarado en 1969.
Hasta Yanacocha, el Perú había vivido 23 años sin inversión minera extranjera que hubiera podido contribuir al desarrollo de tantas zonas de nuestra sierra y de todo el país. Es así como viene al Perú empresas como Barrick, que desarrolla Pierina y ahora Alto Chicama, viene también Noranda, Cominco y BHP Billiton que pone en marcha Antamina, Cyprus Mining que invierte en Cerro Verde y luego la vende a Phelps Dodge.
Pero volviendo al oro, el Perú es hoy el primer productor de América Latina y el quinto a nivel mundial y para terminar, y a manera de resumen, me permito presentarles el gráfico (cuadro 3) de la producción peruana de oro durante el siglo XX, información que me releva de mayores comentarios.

 

 
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